Las mentiras de los supermercados

Las mentiras de los supermercados

La nutrición se ha convertido en un tema de importancia a nivel mundial, ya que en las últimas décadas el consumo de alimentos ultraprocesados ha acaparado las dietas de la sociedad, generando perjuicios en la salud y empezando a ver efectos muy perjudiciales en los niños pequeños.

Hemos pasado de consumir productos frescos y de temporada, con sabor natural, a consumir productos con colorantes, conservantes y sustancias artificiales que incrementan el sabor a costa de no añadir productos naturales. Todo ello sin hablar de la comida rápida, que se ha convertido en una verdadera lacra.

Pero en los últimos años se observa una tendencia a empezar a utilizar de nuevo los alimentos naturales. Pero el problema es que muchas veces las empresas productoras o los supermercados nos engañan, ya que estos productos siguen teniendo otros componentes que no son sanos.

Por suerte, todavía existen empresas que apuestan por lo natural, y el exponente más claro de ellos es Hida, que lleva desde 1954 ofreciendo la mejor calidad en sus productos, aunando innovación y tradición para hacer llegar hasta cada hogar tomate frito casero, relleno de empanadillas, salsas caseras para pastas y otras conservas vegetales totalmente saludables y de la mejor calidad.

A continuación, vamos a ver cómo podemos conseguir no comprar alimentos que parecen naturales, pero que en realidad no lo son. De esta manera conseguiremos mantener una dieta equilibrada, y no estaremos ingiriendo grandes cantidades de azúcar o sal.

Cómo conseguir que no nos engañen

No te fíes de las zonas ‘saludables’ del súper. Desde hace mucho tiempo, la industria alimentaria ha tergiversado la palabra ‘natural’ para vender alimentos que en realidad son procesados o ultraprocesados. Cuando vas a la zona bio o eco de cualquier gran superficie, te vas a encontrar una serie de productos con ese tipo de reclamo, aunque muchos de ellos son ultraprocesados, como por ejemplo cereales refinados, algunas salsas con aceites vegetales refinados, galletas bio o digestivas (pero que llevan azúcar moreno y harina refinada…) y así un largo etcétera.

Cuando uno llega a estas islas, les brinda total confianza, pero ni en los oasis de lo saludable estamos fuera de peligro. No hay que dejarse engañar por los ganchos que aparecen en la parte frontal de los productos sanos (bajo en azúcares, reduce el colesterol, bajo en grasas, alto contenido en fibra…), sino que hay que ir a la parte posterior, a la etiqueta.

Siempre mira la lista de ingredientes. Leer etiquetas no es tan sencillo si no se tienen unos conocimientos básicos de alimentación y nutrición saludable, por eso recomienda empezar con unos mínimos. Los ingredientes están ordenados de mayor a menor cantidad en el producto. Para interpretar dicha cantidad, habría que ir a la lista de nutrientes, identificar el tipo que es y calcular la cantidad que lleva por cada 100 gramos. Pero esto parece difícil para la población, por eso hay otra manera de revisar etiquetas.

Si un alimento tiene más de cinco ingredientes, hay que llevar precaución. Por lo general, y salvo excepciones, si un producto tiene más de cinco ingredientes, seguramente sea un alimento ultraprocesado, sobre todo si son aceites y harinas refinadas, azúcares añadidos o derivados, aditivos y sal, afirma. Su consejo es evitar estos cinco ingredientes, sobre todo cuando están juntos. Sugiere que a veces nos podemos encontrar uno, como por ejemplo en el hummus, compuesto en su mayoría por garbanzos, pero elaborado con aceite de girasol (que es refinado), pero no se trata de declarar una guerra a tumba abierta a todos estos ingredientes, sino de utilizar el sentido común.

Apuesta por la comida real. Se trata de desmarcarse de todo tipo de reclamos publicitarios o palabras bien sonantes para hablar de comida real o ‘realfooding’, un movimiento que evita comer ultraprocesados y que ya cuenta con más de 70.000 creyentes entre sus filas. La cosa está cuajando porque huye de procedimientos complejos o recetas insulsas que te puedan hacer desistir. Su mensaje conecta con la gente porque aboga por la comida de siempre, la del mercado de toda la vida, la que no lleva etiquetas, la de las abuelas. Así de sencillo, sin apuntarse a caros cursos de nutrición y sin comer ‘tristemente’ o ‘de manera aburrida’, como dicen muchos escépticos.